“Mi pareja me ha dejado… nada tiene sentido, necesito alguien a mi lado, no me valen amigos y familiares… necesito una pareja, y no estaré bien hasta que encuentre una nueva… ¿y si intento volver con él/ella?… no puedo dormir, no puedo dejar de pensar en él/ella… me siento fatal”

Este podría ser, a grandes rasgos, la vivencia de una persona dependiente emocionalmente. Conciben la pareja como único modo de “estar” en la vida. Se refugian en ella para recibir afecto, para que tomen decisiones por ellos/ella, para que les resuelvan sus problemas, les proporcionen divertimento y les regulen sus propias emociones. Prefieren que sean otros los que lleven las riendas de su vida, adoptando así, en este aspecto, una postura un tanto infantilizada.

Tienden a la idealización de la vida en pareja y de la otra persona (a pesar de recibir, en ocasiones, un trato denigrante), y se recrean en ideas sobre el amor romántico que poco tienen que ver con la realidad (“es tan celoso porque me quiere mucho”, “me riñe porque me quiere”).

Pero, ¿Cuál es el origen de esta forma de pensar, sentir y actuar?

* Baja autoestima: se asienta sobre una visión de uno mismo como “incapaz” de llevar una vida autónoma.

* Creencia irracional de que necesitan una pareja para estar bien: nadie “necesita” realmente a otra persona para estar bien, no se trata de una necesidad vital; si así lo fuera, las personas sin pareja estarían muertas o gravemente enfermas, y la realidad es bien diferente.

* Déficit de asertividad: dificultad para manifestar lo que sienten o piensan, para decir no, para frenar la conducta del otro, cuando es dañina.

* Miedo irracional a la soledad: la asocian con la idea de un malestar intenso.

* Miedo a enfrentarse a su propia vida: tomar sus propias decisiones y autorregular sus emociones.

Si te has visto reflejado, total o parcialmente, en esta descripción, en el siguiente post te daré algunas claves para gestionar esta dependencia emocional.