Dibujar, pintar, esculpir, diseñar… son expresiones artísticas que permiten plasmar la esfera emocional, inconsciente y más íntima de su autor/a. Al observar una obra artística es difícil distinguir si es producto de una psique sana o enferma, si se ha traspasado esa difusa línea que separa la cordura de la locura. El arte no entiende de enfermedad mental, sino de emociones y pensamientos que se liberan y liberan al artista.

Existe un arte fuera de la técnica y de lo académico,  denominado “arte marginal”, que incluye la expresión de personas con enfermedad mental, y cuya producción tiene lugar en gran medida en centros psiquiátricos. Nombres como Martin Ramírez o William Kurelek son exponentes de un arte “distinto” que exhibe  una percepción del mundo desde el otro lado de la realidad.

Una figura femenina dentro de fue Aloïse Corbaz (1886-1964). Suiza de nacimiento y sastra de profesión, trabajó en la corte de Guillermo II, de quien se enamoró.  Regresó a Suiza en 1918, momento en que comenzaron sus primeros síntomas esquizofrenia (delirios y comportamiento desordenado). Permaneció la mayor parte de su vida en instituciones psiquiátricas, donde usaba papel de embalar cosido con hilo o trozos de cartón para plasmar su obra, con ayuda de grafito, pasta de dientes y extracto de pétalos y hojas. Describía su talento como “la única fuente de éxtasis perpetuo” y su pasión por la ópera queda reflejada en su obra, presidida por la temática de los amantes, figuras principescas y heroínas históricas.

En 1941 comienza a tratarla la doctora Jacqueline Porret-Forel, quien se encargó de dar a conocer la obra de Aloïse al mundo.

¡Gracias por leernos!