Las figuras de los padres están presentes en el relato de muchos pacientes. Es indudable su influencia en el desarrollo psicológico y emocional de cada uno de nosotros. De ellos aprendemos valores, enseñanza y a manejarnos en el mundo; son fuente de seguridad y cobijo en la infancia y de apoyo en la edad adulta.

A grandes rasgos, partimos de la admiración hacia ellos en la infancia a la oposición hacia ellos en la adolescencia y primera juventud, como manera de definir nuestro yo, como algo diferente a ellos. Hasta aquí, el proceso entra dentro del desarrollo normal. ¿Y qué pasa cuando llegamos a la edad adulta?

Cuando nos convertimos en adultos, bajamos a nuestros padres del pedestal de la idealización de la infancia y los sacamos del «ring de boxeo» de la adolescencia, para pasar a una visión más realista, terrenal y humana de ellos.

Hay personas que han sufrido un daño emocional derivado de la crianza por parte de un padre/madre muy exigente, sobreprotectora, insegura, ausente o negligente, y aquí encontramos distintos discursos.

Están los que, habiendo sufrido una crianza difícil, son capaces de mantener una relación ajustada con sus padres.

Por la contra, están aquellas personas, que mantienen un conflicto interno y el malestar derivado de la relación con sus padres. El resentimiento por el daño recibido, unido a la dificultad para poner límites frente  al padre/madre, y la culpa hace que se sientan atrapados en una relación que se ven «obligados» a mantener.

¿Y qué han hecho los  primeros diferente a los segundos?

Pues coinciden en tres aspectos:

  • Asumen que su madre/padre no va a cambiar su forma de pensar y actuar.
  • No sienten la necesidad ni la obligación de tener relación con ellos.
  • Han hecho el ejercicio de tratar de «entender» por qué sus padres funcionan así: por el estilo de crianza que recibieron, las carencias emocionales que arrastran…teniendo presente que entender no significa justificar.

Esperamos que os sea de utilidad. Hasta el próximo artículo!