La experiencia de duelo se da cuando perdemos algo valioso para nosotr@s. Solemos relacionarlo con el fallecimiento de un ser querido, pero también se da en otras situaciones como ruptura de pareja, pérdida de empleo o el diagnóstico de una enfermedad.

En la situación excepcional que estamos viviendo, en la muchas personas han perdido a un familiar a causa del virus, es previsible que el duelo sea complicado por:

  • Lo inesperado de la muerte: a partir de unos síntomas leves, el cuadro se complica y acaba en muerte

  • No haber podido acompañar/cuidar al enfermo

  • No haberse despedido de él/ella

  • Desconocimiento de las circunstancias en que se dio la muerte

  • Imposibilidad de llevar a cabo velatorio y entierro de forma normalizada

Todas estas particularidades dificultarán el proceso de duelo por

  • El carácter traumático de la muerte

  • No haber acompañado al enfermo en sus últimos momentos dificulta asumir la realidad de la muerte

  • La sensación de rabia y  culpa por no haber “estado ahí” y mitigar su sufrimiento

  • El desasosiego por no saber las condiciones en las que se dio la muerte, y que provocará pensamientos recurrentes sobre ello

Si bien la sensación de irrealidad (duda de si la muerte ha tenido lugar realmente, vivirlo como si fuera un sueño del que se va a despertar) y la rabia, forman parte de los primeras etapas del duelo, en estos casos serán más intensas y duraderas. A continuación,  vendrá la tristeza, cuya vivencia acompañada de culpa, pueden suponer el germen de un episodio depresivo.

Es de vital importancia que los dolientes tengan acceso a ayuda psicológica profesional y especializada que les acompañe y facilite  este proceso de duelo, con el objetivo de sufrir  las menores secuelas posibles.

¡Gracias por leernos!